jueves, 30 de diciembre de 2010

AUDITORIA EXISTENCIAL

Querido diario:
¿ Oíste hablar alguna vez acerca de la auditoria existencial?
Es algo importante; tiene que ver con hacer balance de nuestra vida. Examinar el trayecto recorrido y otear el camino que tenemos por delante.
Todas las empresas hacen balance… todas las personas deberían hacerlo, y el fin de año es un tiempo propicio para calcular, y también evaluar.
Suelo dedicar los tres últimos días de cada año a hacer un balance de los doce meses que he dejado atrás; ahora mismo lo estoy haciendo y descubro, sorprendido, que el 2010 fue un año lleno de luces. Hubo sombras, bien es cierto, pero es tanto el fulgor que desprenden las lumbreras que toda sombra queda opacada.
Pensé que cerraba un “annus horribilis” y descubro que cada una de las crisis se ha tornado en una inmensa oportunidad.
No sé lo que me deparará el nuevo año, pero hago propósito de vivirlo que fe, esperanza y amor. Aprovecharé cada tropiezo para “caer hacia delante”, cada aparente retroceso para tomar impulso y CADA PIEDRA PARA CONVERTIRLA EN ESCALERA.
Quiero en este año ver lo que nunca he visto, por eso tendré que hacer lo que nunca he hecho. Decido ahora emplear la fe para triunfar donde otros fracasan y desplegaré la gratitud en cada monte y en cada valle.
Quiero sumergirme en el nuevo año como quien se zambulle en aguas nuevas repletas de tesoros. Alguna vez notaré que el aire falta, pero buscando las riquezas escondidas en las aguas más profundas desarrollaré branquias para seguir buceando.
Estoy convencido de que UNA GRAN FE EN UN GRAN DIOS HARÁ GRANDES COSAS.
Sigo meditando, querido diario. Viene bien hacer, de vez en cuando, una auditoria existencial.

lunes, 27 de diciembre de 2010

REGALOS INVISIBLES

Tomás es un chico de siete años que vive con su mamá, una humilde costurera, en un pequeño apartamento de un solo cuarto. La víspera de Navidad el chico espera ansioso la llegada de Papá Noel. Siguiendo la costumbre, ha colocado en la chimenea un gran calcetín de lana, esperando encontrarlo, a la mañana siguiente, lleno de regalos.
Pero su mamá sabe que este año no habrá regalos de Navidad pues no hay dinero para comprarlos. Para evitar la desilusión del niño, le explica detenidamente que hay bienes visibles, que se compran con dinero, y también bienes invisibles, que no se compran, ni se venden, ni se ven, pero que le hacen a uno muy feliz, y son, incluso, más importantes que los bienes visibles. Le habla del cariño de la mamá, de la amistad de sus compañeros, de la salud para poder jugar y reír… Tomás escucha con mucha atención, asimilando la que será una de las lecciones más importantes de su vida.
Al día siguiente, Tomás despierta, corre a la chimenea y ve su media vacía. La recoge con emoción y alegría y se la muestra su mamá: "¡Mira, mamá! ¡Papá Noel me ha traído los mejores regalos! ¡Mi calcetín está lleno de bienes invisibles!".
Por la tarde Tomás va a la pequeña iglesia donde se reúnen los chicos, cada cual mostrando orgulloso su regalo. "¿Y a ti, Tomás, qué te ha traído Papá Noel?", le preguntan.
Tomás muestra feliz su calcetín vacío: "¡A mí me ha traído bienes invisibles!", contesta. Los chicos se ríen de él. Entre ellos Federico un niño consentido que tiene el mejor regalo pero no es feliz. Por envidia sus compañeros le hacen burla porque su coche con motor no tiene marcha atrás, y enfurecido destruye el valioso juguete.
El padre de Federico ve la escena y se entristece mientras se pregunta cómo podría hacer feliz a su hijo. Mientras reflexiona en eso ve a Tomás sentado en un rincón, feliz con su calcetín vacío. Se acerca y le pregunta: "¿Que te ha traído Papá Noel?"
"Ha llenado mi calcetín de bienes invisibles", contesta Tomás ante la sorpresa del papá de Federico, y le explica que no se ven, ni se compran, ni se venden, como el cariño de una mamá, la salud, o la compañía de los amigos.
El papá de Federico comprendió. Los muchos regalos visibles y vistosos no habían logrado la felicidad de su hijo, pero Tomás había descubierto, gracias a su mamá, el camino a la felicidad.

sábado, 25 de diciembre de 2010

"EL TONTITO" - EMOCIONANTE CUENTO DE NAVIDAD

El cuento que transcribo a continuación, fue contado por mi profesor de Ministerio Pastoral: Roberto Velert. A él agradezco hacérmelo escuchar. Me he permitido adaptarlo y reescribirlo para los lectores, estoy seguro de que disfrutarán con la esencia de esta historia. Disfrutadlo y ¡¡¡FELIZ NAVIDAD!!!
Érase una vez, en uno de esos pequeños pueblos de España, que vivía un niño llamado Ramón, aunque casi nadie le llamaba por su nombre, porque todos le decían “el tontito”. Y es que Ramón  era un niño con problemas, quien sabe por qué causa, era mucho más lento en aprender que los demás.
“Soy Ramón”, replicaba el niño cuando alguien le decía: ¡Eh, tú, tontito!”
Pero lo que más le dolía era cuando jugaban al fútbol y a la hora de pedir, siempre se quedaba el último y nadie le quería en su equipo. “¿Puedo hacer de poste?”. Suplicaba entonces Ramón, en su ansía de jugar.
Como ocurre cada año, llegó la Navidad y como sucede en muchos lugares, en aquel pueblo iban a representar el nacimiento de Jesús. Todos estaban entusiasmados.
También Ramón quería participar y a la maestra le dio ternura verlo con tanta emoción, pero, conociendo a Ramón sabía bien que el niño sería incapaz de aprender ningún diálogo, por eso le dijo:
“Harás de palmera, Ramón. La que está junto al pesebre, muy cerca del niño Jesús”
Los ojos de Ramón se iluminaron, y hasta dejaron escapar una lagrimilla de emoción: ¡¡Iba a estar junto a Jesús!!
Durante quince días practicó estirando sus brazos, ensayando la mejor forma de desplegar las ramas para abrigar con ellas a Jesús.
Pero, dos días antes de la representación uno de los niños, el que iba a hacer de posadero, enfermó.
¿Quién podrá sustituirle?, se preguntaba inquieta la profesora.
Reunió al consejo escolar y les explicó que la única opción que veía era prescindir de la palmera y que Ramón fuera el posadero.
“Estropeará la obra”, replicaron casi todos.
Sólo dirá tres palabras, tranquilizaba la maestra: “No hay sitio”.
“Aún así, insistían, no podrá con tres palabras.
Pero la profesora, movida por la misericordia, arriesgó. “Lo hará bien, no os preocupéis”.
“Ramón, escucha: serás el posadero. Cuando vengan María y José, como tu posada está llena, sólo tienes que decir: No hay sitio”.
“No hay sitio” repetía Ramón caminando por la calle, y mientras comía y al cepillarse los dientes y también mientras dormía… “no hay sitio… no hay sitio…”
Llego el día de la obra, y el teatro estaba a reventar; hasta había gente de pie. Todo discurrió bien hasta que María y José llegaron a la posada, “¡Oh, no, Ramón!”, dijeron algunos padres cuando el niño asomó la cabeza en la puerta de la posada:
“¿Podría alquilarnos una cama?”, suplicó el que hacía de José.
“No hay sitio”, dijo Ramón.
Entonces ocurrió: José, al verse observado por tantos padres, decidió improvisar:
“Pero mire, mi esposa está a punto de dar a luz”.
“No hay sitio”, repitió Ramón, pero ya sin convicción.
“Por favor –se lucía José-. Dará a luz esta noche y nacerá Jesús”.
“No hay…”. Pero antes de concluir la frase, sus ojos se llenaron de lágrimas, miró con misericordia a la tripa de la niña, pensó en Jesús que iba a nacer… y rompió a llorar replicando conmovido: "Que duerma en mi cama, que yo dormiré en el suelo." 
Hubo un silencio intenso en la sala.
José se quedó boquiabierto y muchas personas dejaron escapar las lágrimas.
Lo siguiente es que uno se puso en pie y comenzó a aplaudir.
Pronto todos le imitaron.
Hasta el día de hoy se recuerda aquella obra: fue todo un éxito. Sentimos que algo había cambiado en nuestras vidas, pues ese niño, en su inocencia, nos enseñó que debemos ayudar a otros, no importa quienes sean, porque al hacerlo, estaremos dando lugar a Jesús.
¡Por cierto!, desde entonces, cuando se refieren a Ramón ya nadie dice “el tontito”, sino “el que dejó su cama a Jesús”.

Cuando suenen las 12 campanadas deja que tu corazón se envuelva en una alegría inmensa, dulce... tierna.
Nos ha nacido un Salvador.
No permitas jamás que una herida se enquiste provocando el rencor. Recuerda que hay alguien, con el pañuelo en la mano, para enjugar tus lágrimas y darte paz.
Nos ha nacido un Salvador.
Si tienes familia, estréchales en tu corazón, apriétales fuerte. Perdónalo todo y disfruta del instante... la vida es tan corta, no hay tiempo que perder. Regálales tu amor y agradece a Dios por tenerles esta noche junto a ti.
Pues nos ha nacido un Salvador.
Cuando no puedas dormir y des vueltas desesperadamente en la cama, recuerda que hay alguien que puede sembrar sueños de paz en tu alma. 
Cuando tu cruz te pese demasiado, recuerda que alguien ya la llevó por ti.
Esta noche... nos ha nacido un Salvador.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

CARTA A DIOS, EN LA NAVIDAD

¡Gracias! Por enseñarme todos los días de mi vida lo importante de cada momento.
Es majestuoso advertir que todo este mundo se rige bajo reglas que no siempre son visibles a nuestros ojos.
Reglas que llevan a la perfección.
Todo es parte de esa perfección que muchas veces no comprendemos…
¡Pero EXISTE!
Me maravillo a cada paso por las cosas hermosas que puedo ver.
Me asusto cuando hay otras tantas que no entiendo.
Pero se que estás... Siempre... en cada momento y lugar.
Y te agradezco por ello.
Gracias por todas las personas que tengo alrededor... familia, amigos, conocidos, vecinos.
Gracias por las inmensas dosis de amor que me llegan a través de ellos.
Te pido para cada persona amor, felicidad, paz, entereza, capacidad de aceptación y comprensión.
Sé que cada uno decide el rumbo de su vida. El destino nos muestra las opciones...
Nosotros elegimos cual tomar…
Y en esa decisión va el resto de nuestras vidas.-
Que en esta navidad, cada uno pueda elegir con certeza como seguir
¡Feliz Navidad para todos!

domingo, 19 de diciembre de 2010

CONVERDACIONES CON MI DIARIO (13) CUANDO LA ENFERMEDAD TRAE SALUD

Querido diario:
Lo que hoy quiero comentarte, ocurrió -me ocurrió- en la sala de un quirófano.
Jamás pensé que aquella lóbrega habitación, que yo consideraba sala de torturas, pudiera convertirse en un paradisiaco corredor que desembocara en el cielo, pero eso fue lo que pasó:

 Una vez concluida la operación, el suero se introducía lentamente en mis venas mientras, gota a gota, mi alma destilaba pensamientos que querían florecer, pues algo peculiar había ocurrido en el quirófano:
            En los momentos preliminares a la intervención escogí recitar el Salmo 23. (Cuando a uno le van a remover en lo íntimo precisa un poderoso motivo de meditación para conservar la calma). No logré superar el versículo primero, la anestesia obró de forma fulminante cuando apenas finalizaba la frase “en lugares de delicados pastos me hará descansar”. A partir de ese momento comenzó el milagro. Tan sólo la áspera cáscara del cuerpo se encontraba en aquella sala de operaciones. Yo estuve en   delicados pastos, en praderas difíciles de describir por su insondable pureza y la mezcla de colorido. Una dulce brisa me envolvía y puedo asegurar que yo no caminaba sino que era transportado con inefable dulzura.
            Cuando percibí ligeros toques en mis mejillas y una voz que me animaba a despertar, mis ojos estaban desbordados por lágrimas. Las enfermeras me interrogaban sobre el motivo de aquel llanto.
            ¿Cómo explicarles que yo había regresado de un lugar y condición de paz perfecta donde la ausencia de aflicción era absoluta? ¿Cómo decirles que mi alma anhelaba el retorno a aquellos dulces parajes?  No era fácil narrar que sobre aquella mesa de trabajo Dios me había mostrado que un cuerpo impedido no es obstáculo para retozar por bellos campos con alfombras de terciopelo. Que la enfermedad puede hacer de nosotros su blanco pero no su presa, porque ante piernas imposibilitadas Él nos proporciona alas. Él sustituye la vasta sábana verde de un quirófano por campiñas del mismo color, pero de delicada textura.

Sí, querido diario, fue una experiencia que jamás olvidaré.
Siempre recordaré que la situación más extrema y la adversidad más profunda, pueden ser cofres que cobijan los más valiosos tesoros. (Del libro Mi Mayor Legado)

sábado, 18 de diciembre de 2010

MÁS DIFÍCIL QUE SOBRPONERSE AL FRACASO

Su mirada desprendía el fulgor de quien está persuadido de la verdad y siente urgencia por compartirla.
-         Hay algo más difícil que sobreponerse a los fracasos.
Entorné mis ojos en un gesto de sospecha. ¿Más duro que sobreponerse a un fracaso?, pensé, ¿para mí, a quien errar le sume en un pozo de desaliento?
-         Algo más difícil que sobreponerse al fracaso –insistió-, es sobreponerse al éxito.
Guardó silencio para que pudiera meditar en ello, o tal vez para brindarme la opción de replicar. Pero enseguida continuó:
-  El gran enemigo de tus triunfos de mañana, son tus triunfos de hoy. Está sobradamente demostrado que por cada cien personas que soportan la adversidad, sólo una tolera la prosperidad…. Y no me refiero únicamente a la económica. Las medallas, incluso las obtenidas legítimamente, pueden pesar tanto sobre el pecho que llegan a convertirse en un lastre. Los galones, incluso los alcanzados en justas conquistas, pueden abatir nuestros hombros clavándonos en el suelo –volvió a enfocarme con fijeza, mientras me decía-: Sobreponte a los fracasos, pero no dejes que los triunfos te venzan.

viernes, 17 de diciembre de 2010

CONVERSACIONES CON MI DIARIO (12) PALABRA DE NOBEL

Querido diario:
Anoche, en clase de literatura, la profesora nos llevó a reflexionar en la belleza de un texto, y con tal deleite lo presentó, que la joya logró deslumbrarnos. 
Quiero hacerte partícipe de este tesoro. Se trata sólo de un brindis... pero resulta conmovedor: 

Una pequeña historia antes del brindis
(Mario Vargas Llosa) 

Soy un contador de historias y, por tanto, antes de proponerles un brindis, voy a contarles una historia.
Érase una vez un niño que a los cinco años aprendió a leer. Eso le cambió la vida. Gracias a los libros de aventuras que leía, descubrió una manera de escapar de la pobre casa, del pobre país y de la pobre realidad en que vivía, y de trasladarse a lugares maravillosos, espléndidos, con seres bellísimos y cosas sorprendentes donde cada día, cada noche, significaba una manera más intensa, aventurera y novedosa de gozar.
Gozaba tanto leyendo historias que, un día, este niño, ya un joven, se dedicó también a inventarlas y escribirlas. Lo hacía con dificultad pero, al mismo tiempo, con felicidad y gozando cuando escribía tanto como cuando leía.
Sin embargo, el personaje de mi historia era muy consciente de que una cosa era el mundo de la realidad y otra, muy distinta, el mundo del sueño y la literatura y que este último solo existía cuando él leía y escribía. El resto del tiempo, se eclipsaba.
Hasta que en un amanecer neoyorquino el protagonista de mi cuento recibió una sorpresiva llamada en la que un señor de apellido impronunciable le anunció que había recibido un premio y que tendría que ir a recibirlo a una ciudad llamada Estocolmo, capital de un país llamado Suecia (o algo así).
Mi personaje comenzó entonces, maravillado, a vivir, en la vida real, una de esas experiencias que, hasta entonces, solo existían para él en el dominio ideal e irreal de la literatura. Todavía sigue allí, desconcertado, sin saber si sueña o está despierto, si aquello que vive lo vive de verdad o de mentira, si esto que le pasa es la vida o es la literatura, porque los límites entre ambas parecen haberse eclipsado por completo.
Queridos amigos, ahora ya puedo proponerles el brindis prometido. Brindemos por Suecia, ese curioso país que parece haber conseguido, para ciertos privilegiados, el milagro de que la vida sea literatura y la literatura vida.
¡Salud y muchas gracias!
Brindis del Nobel Vargas Llosa para la recepción posterior a la ceremonia. (Fuente, Diario EL PAÍS)