martes, 17 de mayo de 2011

“TENER QUE DECIR ALGO” O “TENER ALGO QUE DECIR”

“TENER QUE DECIR ALGO” O “TENER ALGO QUE DECIR”
¿Por qué son tan pocos los lugares, incluso las iglesias, donde se enseña la auténtica Palabra de Dios?
Puede haber mensajes más populares, pero ninguno más poderoso.
No te enfoques en lo que asombra, sino en lo que transforma: el sencillo  pero poderoso mensaje de la Palabra de Dios.
Para predicarla debes leerla y para leerla tienes que amarla.
Nútrete de la jalea real divina, de otro modo te secarás. Podrás seguir dando consejos mientras tu cerebro funcione, pero éstos carecerán de la frescura del cielo. Hablarás como quien tiene que decir algo, y no como quien tiene algo que decir.
Pero aún el mejor alimento hay que saber administrarlo. Por eso predica la Biblia, pero hazlo con gracia.
No llenes el tiempo de palabras sin llenar antes las palabras de vida.
La Biblia es un libro apasionante y debe ser predicado con pasión. Es posible que el oro más fino parezca bisutería barata por la forma en que lo presentamos.
Que tu mensaje sea profundo pero accesible. Huye de la superficialidad, pero no escribas tus sentencias en las nubes, donde nadie pueda alcanzarlas.
Una frase cargada de sentido alimenta más que un discurso cargado de palabras.
El verdadero predicador, aquel que tiene algo qué decir y talento para expresarlo, alimentará corazones  adultos y dejará satisfechos también a los niños. Doctores en divinidad tocados con la gracia de la sencillez.
No busques impresionar, sino alimentar. No hace falta gran retórica para hacer un gran mensaje. Y no olvides nunca que un mensaje grande no es lo mismo que un gran mensaje.
Tuvo razón quien dijo que hay que callarse antes de haberlo dicho todo. En palabras de Winston Churchill: una buena conversación no debe agotar el tema, y mucho menos a los interlocutores.
Y el volumen de tu voz. No confundas unción con transpiración ni grito con autoridad. Hay susurros tan poderosos que despiertan a los dormidos y ponen en pie hasta a los muertos; hay gritos tan estridentes que apagan la voz de Dios.
No regañes a la iglesia. Amándoles recuérdales cuanto les ama Dios. Alimentándoles convénceles de cómo Dios les cuida.

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